lunes, 4 de febrero de 2019

El Camino de Caín (Génesis 4:1-13).

Cualquiera que lea Génesis con cuidado, se percata que es el libro de los comienzos. Génesis registra el comienzo del universo, el mundo, el sol, la luna y las estrellas, la vida animal, la vida vegetal y la vida humana; junto con muchas otras cosas importantes.

En los primeros once capítulos de Génesis aparecen muchas “primeras” cosas. El primer hombre, la primera mujer, el primer mandamiento de Dios, el primer matrimonio, el primer hogar, el primer pecado, la primera muerte, el primer sacrificio, el primer culto, el primer asesinato, la primera maldición, y así sucesivamente.

En este pasaje, el Señor nos da un vistazo dentro de la primera familia del mundo. Y no es que sean los únicos, pero Caín y Abel, hijos de Adán y Eva, son el centro de atención de los versículos que en esta ocasión estaremos abordando.

Este pasaje es muy rico en diversos temas. No obstante, en esta ocasión estaré abordando el que, creo yo, es el más importante de todos. En la vida de Caín, se ve un retrato de cada pecador perdido que ha existido. Caín es el arquetipo, el prototipo de todo pecador que lo siga a ese mundo. Cuando uno ve detenidamente a Caín, se hace evidente la encarnación de Proverbios 16:26, que dice, “Hay camino que parece derecho al hombre, pero su fin es camino de muerte”.  Este verso describe perfectamente la vida de Caín. Pero también describe las vidas de todos aquellos que viven, no por fe, sino que caminan según la carne. Es un estilo de vida que la Biblia llama “el camino de Caín” (Judas 11). El pasaje que estudiaremos hoy revela las características de todos aquellos que se niegan a vivir la vida según la Palabra y la voluntad de Dios.

Cuando escuche estas características, le pido que examine su corazón. Si ve estas características en su vida, usted necesita ser rescatado de ellas. Le animo a creer en el Evangelio de todo corazón, y a buscar la salvación en Cristo. Si usted es cristiano, y ve estas características en quienes le rodean, le reto a que los lleve en oración, siempre haciendo un esfuerzo conjunto para guiarles por el camino del arrepentimiento.

Exploremos el Camino de Caín por unos momentos. Permítame señalar, a partir de este texto, las características de quienes caminan ese camino.

EL CAMINO DE CAÍN, ES CARACTERIZADO POR UN CORAZÓN INCRÉDULO.

Dice Génesis 4:1-5, “Conoció Adán a su mujer Eva, la cual concibió y dio a luz a Caín, y dijo: Por voluntad de Jehová he adquirido varón. 2Después dio a luz a su hermano Abel. Y Abel fue pastor de ovejas, y Caín fue labrador de la tierra. 3Y aconteció andando el tiempo, que Caín trajo del fruto de la tierra una ofrenda a Jehová. 4Y Abel trajo también de los primogénitos de sus ovejas, de lo más gordo de ellas. Y miró Jehová con agrado a Abel y a su ofrenda; 5pero no miró con agrado a Caín y a la ofrenda suya. Y se ensañó Caín en gran manera, y decayó su semblante”.

Este capítulo comienza con una imagen de gran esperanza. Después de que Adán y Eva pecaron en el Edén, fueron expulsados de ese hermoso jardín por el Señor (Génesis 3:23-24a). Dios colocó un ángel con una espada de fuego en la entrada del Edén para evitar que Adán y Eva vuelvan a entrar al jardín y coman del “árbol de la vida” (Génesis 3:24b).

Adán y Eva fueron expulsados del Jardín del Edén y se vieron obligados a buscar una existencia exigua trabajando el terreno para su alimento. Sus vidas, que habían sido tan perfectas hasta antes de pecar, cambiaron en todos los sentidos. Ahora, sus vidas giraban en torno al trabajo duro, el trabajo incesante y el arrepentimiento sin límites. Los días de caminar con el Señor en el fresco del jardín habían terminado. Fueron consignados a una vida de dolor, pena, trabajo y, finalmente, muerte. Toda la esperanza parecía haberse ido.

Pero luego, Génesis 4:1, dice, “Conoció Adán a su mujer Eva, la cual concibió”. ¡De pronto hubo esperanza! De repente, frente a una muerte segura, surgió la maravilla de una nueva vida, la esperanza de un nuevo comienzo y la promesa de un mañana mejor.

Ahora, antes de avanzar en este verso, es importante señalar algo importante. La Biblia dice que Adán “conoció” a su esposa.  Esta palabra se usa en la Biblia con diversos matices muy profundos. Implica “intimidad”, “conocer a plenitud”, “conocer por experiencia”. Pero, también se usa como eufemismo para hacer referencia a “relaciones sexuales”. Y es así como se usa en este texto. Adán y Eva se unieron en una unión física. Y aunque ese es el sentido aquí, aun así, no se debe descargar a la palabra de su esencia. No se llevó a cabo una simple unión física. La palabra “conocer” sugiere, además de la unión física, una conexión mucho más profunda entre un hombre una mujer casados. En nuestro mundo actual, la unión de un hombre y una mujer es a veces rebajadas a una simple y sencilla unión física de carácter sexual. Vivimos en una cultura que ha abaratado y hasta manchado la relación sexual entre el hombre y la mujer. La mayoría de las personas en nuestra cultura cree que pueden participar en relaciones sexuales ocasionales, y aun así experimentar satisfacción a largo plazo en sus relaciones. Están equivocados. Las personas se involucran en actividades sexuales ilícitas sin entender el significado profundo detrás de lo que están haciendo. Hay más en la experiencia sexual human que el mero placer físico. La visión del sexo que domina en nuestra sociedad está distorsionada, y a la vez, deforma la intención que Dios tuvo con el don de la sexualidad en la humanidad.

Cuando la Biblia dice que “Adán conoció a su mujer”, se refiere no solo a la unión física, sino al hecho natural ejercido con el compromiso de conocer a una persona en todas sus dimensiones. Ese compromiso debería ser conocido por todos. Debe ser estudiado a profundidad, no solo por matrimonios, sino también por los que han de iniciarse en el matrimonio. Aquellos que quieren tener una actividad sexual, deben también entender lo que implica dichas relaciones. Ellas responden a un plan y un propósito divino. Esa unión no solo es carnal, pues también se involucra el corazón, se incluye una meta de vida, se incluye la vida misma. Si las personas vieran en las relaciones sexual algo más que carne, el sexo prematrimonial y el adulterio dejarían de ser uno de los más grandes y graves problemas con los que adolece nuestro mundo.

Entonces, una nueva vida ha comenzado. Eva, al igual que miles de millones de sus hijas a seguir, debe haber estado entusiasmada con el crecimiento del bebé en su vientre. Me la imagino llamando a Adán para sentir al bebé patear contra su vientre. Puedo verlo colocando su oreja contra su vientre, escuchando el pequeño latido del corazón dentro. Fue una época de nuevas posibilidades, esperanza renovada y emocionante expectación.

Entonces, un día, la espera había terminado. Eva dio a luz a su bebé. Eva fue la primera mujer en experimentar el dolor del parto, y después de esa experiencia, fue la primera en experimentar la alegría de tener en sus brazos a un bebé recién nacido.

Eva llamó al bebé “Caín”. El nombre significa “He adquirido”. Eva le da a Dios la gloria para su nuevo bebé. Ella dice, “Por voluntad de Jehová he adquirido varón”. Ella vio este nacimiento como un tiempo de bendición divina en su vida, en su familia y en su mundo. Luego, vino otro bebé, al que llamaron “Abel”. Su nombre significa “soplo” o “vanidad”. El nombre resultaría profético, ya que su segundo hijo pereció como una respiración que exhalaba en el aire.

Estos chicos pueden haber sido gemelos.  El versículo 2 se refiere al nacimiento de Abel sin mencionar una segunda concepción. Si fueron o no, no importa. Lo que importa es que la tristeza de Adán y Eva por su pecado y por su comunión perdida con el Señor, es algo mitigada por sus hijos. Esos bebés trajeron la esperanza a un mundo que debe haber parecido tan desesperado. Los bebés poseen ese poder, ¿no es así? A menudo traen alegría, risas y esperanza para el mañana cuando esas criaturas diminutas, que se menean y lloran, vienen al mundo.

Estos dos muchachos crecieron juntos en la misma casa. Tenían los mismos padres, recibieron las mismas instrucciones, vieron las mismas cosas y compartieron las mismas experiencias.  Pero, a medida que crecían, las diferencias comenzaron a surgir.

Cuando llegó el momento de elegir un trabajo, ambos eligieron vocaciones honorables. Caín siguió los pasos de su padre y se convirtió en granjero. Abel se convirtió en un pastor. Ambas vocaciones fueron importantes y ayudaron a sostener a la familia.

En algún momento, probablemente cuando llegaron a la edad adulta, estos jóvenes se presentaron ante el Señor para adorar. Estoy seguro de que habían sido entrenados por sus padres en cuanto a cómo debían acercarse a Dios. ¿Te imaginas qué tipo de maestros habrían sido Adán y Eva? Sabían lo que era caminar con Dios, sabían lo que era perder esa dulce comunión. Estaban allí cuando Dios los confrontó por su pecado y cuando a un animal fue sacrificado para cubrir su desnudez (Génesis 3:21). Me imagino que compartieron esa información con sus hijos. Me pregunto cuántas veces Adán se sentó junto con ellos y les contó acerca de Dios, y cómo fue adorado.  Me pregunto cuántas veces Eva les advirtió que escucharan al Señor y no al tentador.

Entonces, en los versículos 3 y 4, Caín y Abel se presentan ante Dios para hacerle una ofrenda. La Biblia dice en el versículo 4 que, “miró Jehová con agrado a Abel y a su ofrenda”. Luego el versículo 5, dice, “pero no miró con agrado a Caín y a la ofrenda suya”. La frase, “con agrado”, implica mirar algo con aprobación. Dios miró con aprobación una ofrenda y la otra no.

La Biblia dice que “Caín trajo del fruto de la tierra” (v. 3), mientras que “Abel trajo también de los primogénitos de sus ovejas, de lo más gordo de ellas” (v. 4). Dios aprobó la ofrenda de Abel, pero rechazó la de Caín. ¿Cuál fue la diferencia?

He escuchado todo tipo de teorías acerca de por qué se aceptó una ofrenda y la otra se rechazó. Creo que ese rechazo no tuvo nada que ver con lo que ofrecieron. No creo que Dios haya rechazado la ofrenda de Caín por no ser un sacrificio animal.

Si bien, puedo aceptar que el tipo de sacrificio ofrecido aquí jugó un papel importante en el hecho de que Dios rechazó uno y aceptó el otro, aun así, creo que hay más que eso. Cuando Adán y Eva pecaron en Edén, Dios sacrificó a un animal inocente para cubrir su desnudez (Génesis 3:21). Cuando Dios hizo eso, estableció el hecho de que, sin muerte y sin sangre, no hay remisión de pecados (Hebreos 9:22). Sin embargo, tanto en Deuteronomio como en Levítico, Dios le dijo a Israel que ofreciera granos y alimentos para agradecerle por sus bendiciones y reconocerlo como la fuente de todas sus provisiones. Así que, dependiendo de su propósito, ambas ofrendas son aceptables a Dios.

En el Jardín del Edén, Dios estableció un patrón para acercarse a Él que nunca ha cambiado. El sacrificio final se hizo cuando Jesucristo vino al mundo y dio su vida en la cruz a favor de los pecadores, derramando Su sangre perfecta y sin pecado para redimir a los perdidos, satisfaciendo las demandas de Dios sobre el pecado, y lavando al pecador para limpiarlo (1 Pedro 1:18-19; Apocalipsis 1:5). Solo hay un camino para que el hombre venga a Dios.

Desde el Génesis hasta el Apocalipsis, el método de Dios para limpiar el pecado siempre ha sido el mismo: se necesita la sangre de un sacrificio inocente para limpiar al pecador de sus pecados (Hebreos 9:22).  El sacrificio y su respectivo derramamiento de sangre se llevó a cabo en el Edén (Génesis 3:21).  Lo vemos en Egipto, durante la Pascua, cuando la muerte y la sangre del cordero protegió al pueblo de Israel del ángel de la muerte (Éxodo 12:1-13). Se ve esto a lo largo de la historia de Israel, cuando el Sumo Sacerdote, en el Día de la expiación, entró en el Lugar Santísimo con la sangre del sacrificio expiatorio (Levítico 16:16-28). Culmina en el Calvario cuando el Señor Jesucristo, el Hijo de Dios, fue crucificado para la redención del pecador (2 Corintios 5:21; 1 Pedro 2:24).

Pero, ¿por qué la sangre es tan importante? Porque el pecado produce muerte. Luego, lo que expía el pecado debe ser lo que da vida: “Porque la vida de la carne en la sangre está, y yo os la he dado para expiación sobre el altar por vuestras almas, y la misma sangre hará expiación de la persona” (Levítico 17:11). Por esta razón, “casi todo es purificado según la ley, con sangre; y sin derramamiento de sangre no se hace remisión” (Hebreos 10:4). Los sacrificios de épocas pasadas, no fueron sino tipos y sombras de un mayor sacrificio del cual está escrito: “Pero Cristo, habiendo ofrecido una vez para siempre un solo sacrificio por los pecados, se ha sentado a la diestra de Dios” (Hebreos 10:12).

Observe la redacción del versículo 4, “Y Abel trajo también de los primogénitos de sus ovejas, de lo más gordo de ellas”. La palabra “primogénitos” sugiere “lo mejor”. La frase, “de lo más gordo de ellas”, habla de una cuidadosa preparación. Abel seleccionó cuidadosamente el mejor animal que tenía. Se tomó el tiempo para preparar el sacrificio. Lo llevó ante el Señor, y lo ofreció por fe.  Abel se esforzó por ofrecer un sacrificio que agradó al Señor.

En Génesis 3:21, Dios estableció el patrón para el sacrificio: se requería sangre. En Génesis 3:15, Dios prometió que un día vendría un Salvador. El sacrificio de Abel dijo que creía a Dios, y que su fe fue aceptada por el Señor.

El escritor de Hebreos dijo esto sobre el sacrificio de Abel: “Por la fe Abel ofreció a Dios más excelente sacrificio que Caín, por lo cual alcanzó testimonio de que era justo, dando Dios testimonio de sus ofrendas; y muerto, aún habla por ella” (Hebreos 11:4). El sacrificio de Abel dijo: “¡Te creo, Señor!”

Su sacrificio reveló la condición de su corazón. Él amaba a Dios. Él honró la Palabra de Dios. Él creyó en la promesa de Dios de enviar un Salvador. Y, según el versículo 5, Dios aceptó a Abel y su ofrenda.  1 Juan 3:12 dice que sus “obras” eran “justas”. La fe de Abel en Dios, le resultó en que Dios lo declarara justo.

Caín, por otra parte, trajo “del fruto de la tierra”. No hay evidencia de fe en las promesas de Dios. No hay evidencia de preparación. La ofrenda de Caín decía, “Sé lo que dijiste, pero esto es lo que quiero darte.  Lo tomas o lo dejas”. La ofrenda de Caín fue un acto de adoración falsa que decía, “Mi camino funcionará tan bien como el tuyo”. Al instante descubrió que no funcionaba de esa manera, porque Dios rechazó tanto a Caín como a su ofrenda. Creo que Caín estaba simplemente siguiendo una forma, no habiendo amor en su corazón por Dios, ni gratitud a Dios por sus bendiciones. No había fe.

En Abel, hay un reconocimiento del pecado y de su necesidad de un Salvador. En Caín, no hay ninguno. Caín tampoco reconoció que era un pecador o que necesitaba un Salvador. Debido a su falta de fe y dependencia en sí mismo, Dios lo rechazó a él y a su ofrenda.

Hay una advertencia aquí que debemos prestar atención. Dios no aceptará nuestra religión. Él no aceptará nuestras obras. Él no aceptará nada que podamos hacer para intentar salvarnos a nosotros mismos. Lo único que Dios aceptará es lo que ya ha provisto. Él no aceptará nada más que fe en el sacrificio expiatorio y la resurrección del Señor Jesucristo (Juan 14:6; 16:31; Efesios 2:8-9).

Caín reveló su condición perdida a través de un corazón incrédulo. Él se negó a venir a Dios a la manera de Dios. En resumen, rechazó el Evangelio de la gracia y Dios lo rechazó a él.  ¿Qué dice su corazón sobre usted?  ¿Ha creído en el evangelio? ¿Confía en Jesús y en lo que hizo como la única esperanza que tiene para su salvación? ¿Esta su esperanza en otras cosas?

Las buenas obras son importantes, como importante es la membresía en la iglesia local y el bautismo. Todo ello es importante, pero nunca deben ser puesto por encima del Salvador. Mucha gente tiene fe en que será salva por estar en la “iglesia correcta” y no por estar “en Cristo”. Otras tienen fe en que serán salvas por el “bautismo correcto”, pero no por estar “en Cristo”. Otros tienen fe en que serán salvas por seguir una “doctrina correcta”, pero no por estar “en Cristo”. Todo aquello es importante, pero toda la gloria debe ser dirigida a la persona correcta, al Salvador, al “autor y consumador de la fe” (Hebreos 12:2).

EL CAMINO DE CAÍN ES CARACTERIZADO POR UN CORAZÓN NO ARREPENTIDO.

En Génesis 4:5-7, leemos, “pero no miró con agrado a Caín y a la ofrenda suya. Y se ensañó Caín en gran manera, y decayó su semblante. 6Entonces Jehová dijo a Caín: ¿Por qué te has ensañado, y por qué ha decaído tu semblante? 7Si bien hicieres, ¿no serás enaltecido? y si no hicieres bien, el pecado está a la puerta; con todo esto, a ti será su deseo, y tú te enseñorearás de él”.

Tan pronto como Caín se dio cuenta de que su ofrenda había sido rechazada por Dios, la Biblia dice que “decayó su rostro”. Esto significa que toda su conducta cambió. Él fue abatido. No podía aceptar que Dios haya aceptado la ofrenda de Abel y rechazara la suya.

Dios sabe lo que hay en el corazón de Caín, así que en los versos 6 al 7, Dios le habla a Caín y le pregunta por qué está tan molesto. En el verso 5 leemos la frase hebrea “va-yijár le-Qaín”, que significa, “Caín se enfureció”; haciendo referencia a la ira de Caín, quien estaba ardiendo de celos y coraje contra su hermano. Es entonces que Dios le dice a Caín en el verso 7 que, si él hiciera lo correcto, también sería su ofrenda aceptada. No, Dios no lo está llamando a ofrecer otra clase de ofrenda, más bien, le está llamando a cambiar su corazón, a volverlo al Señor.

Dios quiere que Caín se arrepienta de su actitud hacia Dios y que camine con Dios en fe, humildad y sumisión; así como lo hace Abel su hermano. Dios está buscando producir un cambio de corazón y un cambio de mentalidad en Caín.

Dios le advierte que el pecado es como una bestia salvaje agazapada que yace fuera de la puerta, lista para saltar. Esa bestia está esperando para abalanzarse sobre Caín y devorarlo. Si Caín hubiese venido a Dios conforme a su voluntad, entonces él podría tener control sobre esa bestia. Pero si no cambia, si no se arrepiente y busca honrar a Dios y su camino, entonces el pecado lo controlará.

Sabemos cuál camino eligió Caín. Se negó a arrepentirse. Se negó a amar al Señor. Se negó a caminar en el plan de Dios. Y, el pecado lo consumió.

Todos los incrédulos que han pasado por este mundo, desde Caín en adelante han tenido el mismo problema. Poseen un corazón impenitente. El pecador perdido es esclavo del pecado (Efesios 2:1-3; Juan 8:44). Dios llama a los perdidos a arrepentirse de sus pecados, a volverse a Él y a caminar en su voluntad, conforme a su palabra, andando así en su camino. De hecho, ese es el único camino que conduce al cielo. Todos los otros caminos llevan al infierno.

Si usted está perdido, necesita saber que el pecado le consumirá a menos que se aparte de él y venga a Dios. Puede que piense que está controlando la atención en su vida, y que es el dueño de su propio destino. Pero, la verdad es muy diferente. El pecado es un maestro engañoso y cruel. Lo guiará junto con sus placeres y lo seducirá con sus promesas, pero, “al fin como serpiente morderá, y como áspid dará dolor” (Proverbios 23:32).

El camino del pecado siempre conduce a la desilusión, la derrota y la muerte. El camino del pecado siempre nos aleja de la paz, la esperanza y la alegría. El camino del pecado siempre termina en los fuegos del infierno.

Hay un solo remedio para el pecado y ese remedio es Jesucristo. Jesucristo fue a la cruz a morir a favor de los pecadores. Él dio su vida para que el pecador pueda gozar de una nueva vida. Vino para aquellos que, como Abel, entienden que necesitan un Salvador. Él vino por los perdidos, por los necesitados. Así lo dijo el Señor, “Los sanos no tienen necesidad de médico, sino los enfermos. No he venido a llamar a justos, sino a pecadores” (Marcos 2:17)

Dios no puede ayudar a alguien como Caín. Nadie puede. La persona que se niega a reconocer su condición espiritual y que se niega a arrepentirse del pecado no puede ser salva, y de hecho, ¡no lo será! Todos aquellos que están perdidos y permanecen así se caracterizan por un corazón impenitente.

EL CAMINO DE CAÍN, ES CARACTERIZADO POR UN CORAZÓN SIN DIOS.

En los versos 8 al 10 de Génesis 4, leemos: “Y dijo Caín a su hermano Abel: Salgamos al campo. Y aconteció que estando ellos en el campo, Caín se levantó contra su hermano Abel, y lo mató. 9Y Jehová dijo a Caín: ¿Dónde está Abel tu hermano? Y él respondió: No sé. ¿Soy yo acaso guarda de mi hermano? 10Y él le dijo: ¿Qué has hecho? La voz de la sangre de tu hermano clama a mí desde la tierra”.

Estos últimos versos de nuestro texto demuestran el resultado del pecado. En el caso de Caín, como en el caso de todos los demás pecadores, la condición del corazón determinó el curso de su vida. La bestia del pecado se abalanzó sobre Caín y devoró su corazón, su conciencia e incluso su amor por su hermano. Note cómo el pecado se manifestó en la vida de Caín.

Caín asesinó a su hermano (v. 8).

¿Cómo lo mató? Es probable que le haya cortado la garganta, así como se hacía con los animales que eran ofrecidos en sacrificio. Esa era la única manera en que Caín había visto “dar muerte”.

¿Por qué Caín lo mató? Él estaba celoso. Abel tenía algo que Caín no tenía. Abel tenía una relación de fe con Dios, y los incrédulos siempre demuestran animosidad y enojo hacia las personas de fe. Esto es lo que sucedió aquí. De vuelta en el verso 5, la Biblia dice que Caín se enojó por el rechazo que Dios hizo de su ofrenda. Caín estaba enojado con Dios, a quien no podía matar; pero también estaba celoso de su hermano, a quién sí podía matar. El odio que Caín tenía para con Dios se manifestó en su odio contra su hermano. La ira hacia Dios en su corazón se reveló en el asesinato de su hermano.

Caín miente a Dios con respecto a su hermano (v. 9).

Dios se acerca a Caín y le pregunta sobre el paradero de Abel. Esto es lo mismo que Dios hizo cuando Adán y Eva cayeron en pecado. En Génesis 3:9, Dios vino a buscar a la pareja caída y preguntó, “¿Dónde estás tú?” Por su parte, Caín respondió al Señor con una mentira. Él dijo: “No sé”. Esta es otra indicación de que el pecado ha tomado el control de su corazón y de su vida. Luego responde al Señor con puro sarcasmo: “¿Soy yo acaso guarda de mi hermano?”  Este es un juego de palabras. En el verso 2, de Abel se dice que es “pastor de ovejas”. Y aquí, Caín le dice a Dios, “¡Yo no soy su pastor! Él no es mi responsabilidad”.  Es como si Caín le reprocha a Dios, diciendo, “Ya que lo prefieres tanto, ¿por qué no le sigues a él?”

Dios sabe lo que ha hecho Caín con su hermano (v. 10).

Dios le dice a Caín que Él sabe lo que ha hecho. Dice que la sangre de Abel “clama a mí desde la tierra”. La sangre de Abel no estaba en silencio. Clamó por justicia, y la justicia fue lo que recibió Caín.

Aquí es importante considerar una verdad fundamental. La condición del corazón determina el curso de la vida. Aquello que se ve externamente en la vida es una revelación del carácter y la condición del corazón. En la vida de Caín, el pecado se hizo evidente por la “ira”, los “celos”, el “odio”, el “asesinato” y la “mentira”. Un pecado siempre lleva a otro, cuando no rompemos con él de inmediato. Todas esas acciones pecaminosas demostraron que Caín poseía un corazón no redimido.

Si bien, no debemos juzgarnos unos a otros, esta verdad todavía se aplica hoy. ¡La vida siempre revela la condición del corazón! Podemos profesar cualquier cosa, pero la verdad de lo que somos se revela en la forma en que caminamos, en la forma en que hablamos, en la forma en que pensamos y en la manera en que nos acercamos a Dios. Al respecto, las Escrituras dicen:

“Sobre todas las cosas cuida tu corazón, porque éste determina el rumbo de tu vida” (Proverbios 4:23. NTV)
“Generación de víboras, ¿cómo podéis hablar lo bueno, siendo malos? Porque de la abundancia del corazón habla la boca. 35El hombre bueno, del buen tesoro del corazón saca buenas cosas; y el hombre malo, del mal tesoro saca malas cosas.” (Mateo 12:34-35. RV1909. SBT)

“Jesús les dijo: «¿Tampoco ustedes han podido entender? 17¿No entienden que todo lo que entra por la boca se va al vientre, y luego se echa en la letrina? 18Pero lo que sale de la boca, sale del corazón; y esto es lo que contamina al hombre. 19Porque del corazón salen los malos deseos, los homicidios, los adulterios, las fornicaciones, los robos, los falsos testimonios, las blasfemias. 20Estas cosas son las que contaminan al hombre. El comer sin lavarse las manos no contamina a nadie.»” (Mateo 15:16-20. RVC)

CONCLUSIÓN.

¿Qué dice tu vida sobre la condición de tu corazón?

En los versos 11 al 13, de Génesis 4, se narra el resto de la trágica historia de Caín. Él es castigado por Dios. El suelo está maldito por él. Para un granjero esto sería devastador. Dios le dijo, “Cuando labres la tierra, no te volverá a dar su fuerza” (v. 12)

El verso 13 nos permite saber que Caín reconoció la severidad de su castigo. Él pagó un alto precio por su pecado durante todos los días que vivió en este mundo. Fue expulsado de su hogar y de entre su familia. Fue consignado a una existencia horrible y desesperada.

El nombre Caín aparece en la Biblia veintidós veces en dieciocho versículos (RV1960). Su nombre aparece solo tres veces en el Nuevo Testamento, y cada vez que aparece se usa de manera negativa.

El verso que se destaca para mí es 1 Juan 3:12, que dice, “No como Caín, que era del maligno y mató a su hermano…”. Esos versos nos dicen el destino final de Caín. Él “era del maligno”. Aquí hay un pensamiento serio; Caín fue el primer niño nacido en este mundo. Nació de padres que obviamente no eran perfectos, pero que conocían a Dios. Habían caminado con Dios y le habían enseñado la verdad. Tenía un hermano que también conocía a Dios y que sabía cómo acercarse a Dios. Sin embargo, Caín era un hombre perdido, y al final, siendo el primer bebé nacido en el mundo, también será, probablemente, el primer hombre del que se sabe que terminará en el infierno.

¡No deje que a usted le pase lo mismo! No dirija sus pasos por “el camino de Caín”. Reconozca que necesita un Salvador, y solo hay uno. Su nombre es Jesucristo. Él murió en la cruz para abrir un camino de salvación para usted. Si viene a Dios a través de Él, será aceptado por Dios, y sus pecados serán perdonados. Si intenta ir por otro camino, morirá en sus pecados, y terminará en el Infierno. Jesús dijo, “yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí” (Juan 14:6).  Nuestro mundo está lleno de personas que caminan en “el camino de Caín”. Si usted es uno de ellos, ¡venga a Cristo y sea salvo hoy!

viernes, 25 de enero de 2019

LA GRACIA DE DIOS EN LA CAÍDA DEL HOMBRE (Génesis 3:1-24).

El libro de Génesis es una maravillosa exposición de Dios. Es el libro de teología por excelencia. Una lectura motivada por la devoción, mostrará al Dios verdadero en todo su esplendor. No he leído otro libro que revele al Creador como lo hace el Génesis; y en el presente capítulo, se nos muestra otra de las cualidades de nuestro Dios, su gracia.

¿Qué es la gracia de Dios? Sin entrar en términos técnicos y a veces sumamente complicados, diremos sencillamente que se trata de la respuesta de Dios ante la más grande necesidad humana. La gracia de Dios exhibe la misericordia y el amor de Dios por el hombre. Aún cuando el hombre es culpable delante de su presencia, y aún cuando fuese justo castigarlo, Dios primero ofrece el perdón, y proporciona el medio para lograrlo.

En Génesis aprendemos sobre el origen del hombre, y también sobre su caída. La caída hace referencia al momento en que el hombre dejó de tener comunión con Dios. Es el momento en que el hombre decide tomar su propio camino. Es el momento en que rechaza la voluntad de Dios para seguir su propio corazón y rendirse a sus deseos.  La humanidad existente hasta ese día, por decisión propia, fue sumergida en la más densa oscuridad espiritual y mental. El pecado entró en el corazón del hombre e hizo allí su habitación. La muerte se hizo presente como efecto natural de tan lamentable decisión y en ese terrible instante cuando el hombre pecó contra Dios y contra sí mismo, el hombre murió y así quedó separado espiritualmente del Dios Todopoderoso.

A partir de la caída, el hombre se volvió impotente y torpe. La inocencia y sabiduría con que Dios lo había creado, fue dañada. Sus pensamientos se tornaron malvados. Su visión de la vida se hizo gris y su experiencia se tornó sumamente amarga. Perdió su capacidad para mantener una relación correcta con su creador. Perdió su capacidad de vivir en armonía consigo mismo y con otros humanos, por muy cercanos a él que fuesen.

En medio de esta desgracia, Dios buscó al hombre perdido. Aunque intencionalmente el hombre quiso alejarse y esconderse de Dios, aún así el dador de vida buscó establecer una relación con él. Consideremos los hechos de Dios en medio de este asunto. Veamos como es que, en medio de tanta sombra de muerte, una luz de vida y esperanza brilló como la más importante y característica obra de Dios para con el hombre pecador.

LA RAZÓN DE LA CAÍDA.

La caída del hombre se produjo, por dejar de confiar en la palabra de Dios. ¿Qué es lo que el hombre sabía con respecto al árbol de la ciencia? ¿Qué es lo que Dios le había mandado? En el versículo 3, Eva lo expresó así, “del fruto del árbol que está en medio del huerto dijo Dios: No comeréis de él, ni le tocaréis, para que no muráis” (Génesis 3:3).  Las palabras de Dios no fueron difíciles de entender. Fueron sencillas y claras, como quien entrega instrucciones a un inocente niño. Eva aprendió que no debía comer de su fruto, dada la consecuencia mortal de hacerlo. Por tanto, concluyó que no debía ¡ni tocarlo!  Cuando uno oye y cree a la Palabra de Dios, está consciente de los límites que deben existir en nuestros hechos y pensamientos, para no dañar nuestras vidas. De hecho, uno está seguro cuando oye y cree la Palabra de Dios (cfr. Salmo 119:105; Proverbios 4:4, 7).

Sin embargo, Eva dejó de tener en cuenta la Palabra de Dios y consideró los beneficios que el árbol del conocimiento suponía: “Y vio la mujer que el árbol era bueno para comer, y que era agradable a los ojos, y árbol codiciable para alcanzar la sabiduría” (Génesis 3:6).  Su manera de ver el árbol ya no era conforme a la Palabra de Dios. Su visión ya no era objetiva, sino subjetiva. Su juicio se quedó sin fundamento, en el momento mismo que apartó de sí el conocimiento que le fue dado por Dios, para atender a su particular, y sin sustento punto de vista. El texto dice, “vio la mujer”. Ya no era la visión de Dios, sino la suya. Ahora la consideración y el juicio son suyos. Por tanto, lo que leemos acerca del árbol, ya no es la perspectiva y la información verdadera de Dios, sino de Eva. Entonces, si el árbol es “bueno”, ¡hay que comerlo! Si es “agradable”, entonces ¡podemos tocarlo! Y si es “para alcanzar la sabiduría”, entonces no puede ser mortal. De hecho, la “muerte” en todo este asunto, según la astuta serpiente, es un invento de Dios para evitar que el hombre se apropie de todo lo que “el Dios egoísta” no quiere compartir con el hombre.

Cuando el hombre deja de escuchar y creer en la Palabra de Dios, entonces deja de temer a la muerte.  ¿Por qué tanta gente bebe licor? ¿Por qué es parte de sus fiestas? ¿Por qué es parte de sus eventos deportivos? ¿Por qué tanta gente fuma? ¿Por qué mandan a sus hijos a comprar cigarrillos? ¿Por qué les dan ese ejemplo, si saben que es humo mortal? ¿Por qué vemos en todas partes toda clase de inmoralidad? ¿Por qué les dicen a los jóvenes que pueden practicar “sexo seguro”, cuando de fornicación se trata? (cfr. 1 Corintios 6:9; Hebreos 13:4; Apocalipsis 21:8) ¡El preservativo no les guarda de la fornicación!

La caída del hombre se produjo, por creer filosofías contrarias a la Palabra de Dios. Dice Génesis 3:4, “Entonces la serpiente dijo a la mujer: No moriréis”. Esto es una contradicción directa contra las palabras del Señor. Dios mismo mandó al hombre diciendo, “De todo árbol del huerto podrás comer; mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás; porque el día que de él comieres, ciertamente morirás” (Génesis 2:16-17).  Dios dijo, “no comas”, pero la serpiente dijo, “come”. Dios dijo, “morirás”, pero la serpiente, “no morirás”. La contradicción es evidente. El conflicto entre ambas ideas comenzó allí, pero se ha extendido por el resto del mundo a través de los años.

El mundo alejado de Dios y su voluntad, también contradice la Palabra de Dios. Por ejemplo, Dios con su palabra creó este mundo. Pero con su lengua viperina, la falsa ciencia dice que “Dios no creó el mundo”, porque Dios “no existe”. Esta contradicción nos lleva a no temer al pecado y la muerte, porque si Dios no existe, entonces tampoco existe el pecado y sus consecuencias.  Dicen que el mundo no llegó a existir de la “nada”, sino de materia preexistente que explotó y llegó a ser lo que conocemos. En otras palabras, ¡Somos producto de una explosión! ¿Por qué pensar en el pecado, entonces?  Los científicos dicen que el desarrollo de nuestro mundo se debe a una variedad de procesos que suceden por sí mismos, y no “por la Palabra de Dios”. Y si lo que dice “la Palabra de Dios” no es verdad, entonces nada de lo que dice es verdad, ¿por qué hemos de pensar, entonces, en el pecado y sus consecuencias?  Dicen que todo llegó a existir por mera “casualidad”, no por voluntad de Dios con un diseño inteligente.  Dicen que este proceso tardó “millones de años”, no “seis días”.  Aunque la Palabra de Dios dice que la creación fue hecha de manera buena y perfecta, donde no existía el sufrimiento, ni la muerte, hasta que el hombre pecó, ellos dicen que no es cierto, que todo era imperfecto y que necesitó un desarrollo en el que millones de animales muertos existieron antes que evolucionaran en lo que es el hombre actualmente. Dicen que Dios “no creó al hombre a su imagen”, sino que evolucionó, siendo durante un tiempo un animal entre otros animales. Y si esto es así, allí tiene la razón por la cual miles de personas no temen al pecado y sus consecuencias. ¡Esta falta de temor es el caldo de cultivo para que la impiedad y la maldad se extiendan en el mundo! Y eso es exactamente lo que está sucediendo. No es sorpresa que la maldad cada día sea más aceptable y promovida por el mundo. Han perdido el temor, han perdido el miedo al pecado y sus consecuencias, y por eso es que el pecado ha llegado a ser sumamente popular. ¡Allí está el tropiezo de la humanidad!

Otra razón por la que el hombre cayó, es por aceptar “reinterpretaciones” de lo que Dios dice, y por qué lo dice. La serpiente asevera que Dios sabe “que el día que comáis de él, serán abiertos vuestros ojos, y seréis como Dios, sabiendo el bien y el mal” (Génesis 3:5). Según la serpiente, Dios sabe algo que el hombre no sabe, y que nunca le quiso decir.  El acusador afirma que Dios se reserva para sí mismo algo muy valioso, y lo representa como egoísta.  ¿Qué buenas intenciones puede haber, al prohibir comer de este árbol, que no mata, ni es dañino, sino potencialmente efectivo para tener la misma estatura de Dios?  La serpiente asevera que el hombre puede ser soberano e independiente. ¿Y no es exactamente lo que la gente cree, o al menos, quiere creer? Si no lo creyeran, los lugares de reunión de las iglesias de Cristo estarían llenos.

La reinterpretación de las Palabras de Dios ha llegado prácticamente a contradecir lo que Dios dijo.  ¿Por qué dijo, lo que dijo? Ha, “lo dijo porque tú puedes ser Dios al comer de ese fruto, gozando así de poder y gloria personal”. Si esto es así, entonces lo que era pecado, ¡ya no lo es! Al contrario, “desobedecer a Dios llega a ser algo bueno”.  Entonces, dado que Dios es amor, no hay infierno, y si no hay infierno, no hay nada por qué condenar al hombre, ¡el pecado es algo que no hay que temer! ¡Hay que reinterpretar todo lo que dice la Biblia sobre el pecado y el infierno! ¿Qué tenemos luego? Tropiezo y desviación. El hombre se erige como diseñador de su propio camino, fracasando terriblemente en el intento. Fue así que no tardó mucho tiempo para cuando el hombre hubo “corrompido su camino sobre la Tierra” (Génesis 6:12). Desde ese momento, se hizo necesario hacer volver “al pecador del error de su camino” (Santiago 5:20). Estableciendo el hombre su propia senda, vino así el fracaso y tropezó.

¿DE DÓNDE CAYÓ EL HOMBRE?

El hombre cayó de un mundo sin pecado. Este mundo sin pecado se hace evidente en las primeras palabras que de Dios tenemos registradas en el libro de Génesis.  Ellas también nos revelan lo que hay en el corazón de Dios.  Jesús dijo que “de la abundancia del corazón habla la boca” (Mateo 12:34).  ¿Cuáles fueron las primeras palabras de Dios, de las que tenemos conocimiento? “Y dijo Dios: Sea la luz; y fue la luz” (Génesis 1:3).  Con esta declaración vemos lo que llena el corazón de Dios, es decir, la luz.  Vemos la naturaleza de Dios revelada en la belleza y en la claridad.  Vemos su esencia, su naturaleza limpia, sin mancha, ni arruga, la pureza misma siendo parte de su ser. Vea cómo lo dice el apóstol Juan, “Este es el mensaje que hemos oído de él, y os anunciamos: Dios es luz, y no hay ningunas tinieblas en él” (1 Juan 1:5).  Nuestro Señor Jesucristo, siendo de la misma naturaleza que su Padre, dijo, “Yo soy la luz del mundo; el que me sigue, no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida.” (Juan 8:12).  No hay oscuridad en Dios. No hay mentira, no hay engaño. Él es sin culpa, sin pecado, sin ninguna impureza. ¿Es el dios que muchos tienen hoy? ¿Eran así los dioses de las antiguas naciones? ¿Así es el dios de los mormones? ¿Así es el dios de los calvinistas? ¿Es así el dios de las sectas religiosas? El hecho de que en el principio solamente había un Dios, siendo santo y bueno, es evidencia de que, el mundo antes de la caída, era un mundo sin pecado.

El texto de la creación nos dice lo que Dios “hizo”, es decir, “creó”, pero también nos dice lo primero que “dijo” cuando llevó a cabo la creación. Algo fue lo que “hizo” y algo fue lo que “dijo”.  Esto es importante.  Lo que hizo fue “los cielos y la tierra” (Génesis 1:1), pero lo que dijo fue, “sea la luz”. Antes de que dijera tales palabras, “la tierra estaba desordenada y vacía, y las tinieblas estaban sobre la faz del abismo” (Génesis 2:2).  Tenga en cuenta que Dios no dijo primero: "Que se haga el espacio y el tiempo", o "Sea la creación", o "Sean los cielos".  En cambio, Él primero dijo: "Sea la luz", ¿por qué? Porque la luz es necesaria para que deje de haber caos y oscuridad. Y esto no es necesario solamente en el ámbito de lo físico, sino también en lo espiritual. Usted y yo sabemos cuán importante es la luz, y cuánto daño nos evitamos cuando hay luz. Al respecto, la Escritura dice, “Lámpara es a mis pies tu palabra, y lumbrera a mi camino” (Salmo 119:105).  En ese tiempo, antes de la caída, había luz, y la luz era buena. Pero hoy en día, y después de la caída; lo obscuro, la noche, las tinieblas es lo que más prevalece.  Antes de la caída existía un mundo sin pecado, y la luz, la claridad y todo lo bueno era su particular característica. Cuando Cristo vino al mundo, lo hizo porque en el mundo prevaleció la oscuridad. El evangelista Mateo, lo ilustró así, diciendo, “El pueblo asentado en tinieblas vio gran luz; y a los asentados en región de sombra de muerte, luz les resplandeció” (Mateo 4:16). Después de la caída los hombres llegaron, incluso, a amar las tinieblas. Juan así lo expresó diciendo, “Y esta es la condenación: que la luz vino al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas.” (Juan 3:19). Adán y Eva cayeron de aquel mundo sin pecado, sin oscuridad, sin dolor, sin amargura, para entrar a un nuevo y perdido mundo.

El hombre cayó de una vida perfecta. Esta realidad la leemos en Génesis 2:8-10. El hombre tenía comunión con su creador. Dios le proveyó de un lugar seguro y hermoso para vivir (v. 8), le proveyó de un lugar donde el hombre suplía todas sus necesidades (v. 8), le proveyó un lugar bello, donde Adán gozaba de alimento y un ambiente espiritual (v. 9). Le proveyó de un lugar donde suplía su necesidad de vivir: El árbol de la vida (v. 9). Le proveyó un lugar donde ejerciera su libre albedrío y probara su santidad y obediencia: El árbol del conocimiento (v. 9). Le proveyó un lugar rico en todos los sentidos (v. 9). Su vida era perfecta. Pero con el pecado, cayó de este lugar privilegiado y honroso en el que vivía. De hecho, Génesis 3:7 nos muestra que su vida carecía de vergüenza, miedo e injusticia. No obstante, su vida perfecta se acabó, y se llenó de vergüenza (v. 7), culpabilidad y temor (v. 8). Quedó separado de Dios (v. 9), su relación familiar se vio afectada (v. 10-13), quedó expuesto al juicio de Dios (3:14-19), sufrió la muerte (3:19), fue expulsado de la perfección (3:22-24). ¡Todo esto no era conocido por él mientras no pecaba!

El hombre cayó de la inocencia. En el verso 7, leemos: “Entonces fueron abiertos los ojos de ambos, y conocieron que estaban desnudos; entonces cosieron hojas de higuera, y se hicieron delantales”.  Este texto muestra varias cosas que ellos no habían hecho, y que nunca habían sentido.

En primer lugar, “fueron abiertos sus ojos” (v. 7a). No significa que tenían los ojos cerrados, literalmente. Esta expresión hace referencia a la inocencia intelectual y espiritual del hombre. Tener los ojos abiertos o cerrados, en este contexto, tiene que ver con la visión de las cosas, con la manera en que se ven las cosas, con la manera en que se piensa de las cosas, con la manera en que se perciben las cosas, con la manera en que nos afectan las cosas que nos rodean o que experimentamos (cfr. Juan 9:41).  Para tener una idea de esta inocencia, es necesario hacer memoria de la nuestra, cuando, siendo niños, teníamos una visión distinta de la vida y las personas, la cual era diferente a la visión que tenemos ahora que somos adultos (1 Corintios 13:11-12).  Ahora sabemos discernir y entender entre lo bueno y lo malo. Esta inocencia se hace evidente en Deuteronomio 1:39, que dice, “vuestros hijos que no saben hoy lo bueno ni lo malo”.  Pero, cuando Adán y Eva comieron del fruto, sus ojos fueron abiertos en ese sentido, y así la vergüenza vino cuando su visión cambió.  En el 2:25, dice: “Y estaban ambos desnudos, Adán y su mujer, y no se avergonzaban”.  Vemos una vida sencilla, sin sentimiento de culpa y en perfecta armonía consigo mismos y con el prójimo.  Su visión era inocente. Su visión era buena. Pero ahora, ya no hay inocencia; hay culpa, ya no hay armonía, su visión ha cambiado radicalmente. La vergüenza, la culpa, el miedo y la injusticia, ahora son parte de su experiencia, como lo es de la nuestra.  Adán no conocía todas esas cosas antes de pecar, pero desde que pecó, llegó a sentirse vulnerable, sucio y culpable delante de Dios. Perdió su inocencia.

Esa es la misma historia de todos aquellos que hemos cedido a la tentación, y hemos pecado. En esa condición, estamos sin justicia (Mateo 5:45), sin Dios (Efesios 2:12a), sin Cristo (Efesios 2:12b), sin esperanza (Efesios 2:12c), sin vida (1 Juan 5:12), sin paz (Romanos 3:17; Isaías 48:22), sin excusa (Romanos 1:20), sin cielo (Apocalipsis 21:27). En pocas palabras, “la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron” (Romanos 5:12).

LA CAÍDA AFECTÓ SU ENTORNO.

Ya hemos meditado ampliamente en la vida de Adán y Eva antes de cometer pecado, y también nos hemos detenido en el momento justo en que ambos desobedecieron a Dios, llenando sus vidas de culpa y vergüenza.  Sin embargo, el mal no paró allí.

El pecado afectó la creación. Dios le dijo al hombre, “maldita será la tierra por tu causa; con dolor comerás de ella todos los días de tu vida. Espinos y cardos te producirá, y comerás plantas del campo. Con el sudor de tu rostro comerás el pan” (Génesis 3:17b, 18, 19a).  ¿Entiende ahora por qué nuestro mundo no es un paraíso? Sequías, inundaciones, terremotos y toda clase de desastres son parte de nuestra experiencia, ¡y son un testimonio de la caída!

El pecado afectó su relación familiar. Dios había formado esta pareja con el propósito de glorificar Su nombre y para que fuesen felices perpetuamente. Pero, en poco tiempo, lo que era felicidad y paz se tornó en frustración y soledad.  Ellos no pudieron afrontar el conflicto resultante de su caída. El diseño y el propósito de Dios para el matrimonio fue socavado y, lo que era armonía y paz, terminó en desunión y desolación.  La Escritura dice, “Y el hombre respondió: La mujer que me diste por compañera me dio del árbol, y yo comí.” (Génesis 3:11). Aquí tenemos el primer y gran conflicto familiar. Hoy en día es común escuchar de conflictos en el matrimonio, pero hasta aquí jamás se había escuchado de ninguno.

En nuestro contexto el divorcio va en aumento, al punto que la sociedad se ha acostumbrado a que los matrimonios se terminen. En el año 2010 se registraron 86 mil 42 divorcios. En el año 2011 se registraron 91 mil 285 divorcios. En el año 2012 se registraron 99 mil 509 divorcios. En los periódicos leemos noticias tales como, “En México, cada vez más disminuyen los matrimonios y aumentan los divorcios” (Excelsior 12/02/2013). ¿Y qué diremos de la violencia intrafamiliar? ¡También va en aumento! En el 2014 la policía recibía mensualmente alrededor de 112 llamadas, mientras que en últimas fechas se reciben 590 llamadas por violencia intrafamiliar. ¿Qué factores contribuyeron a este terrible mal? Los celos, las drogas y el consumo de alcohol entre otras son los factores detonantes de tan amargo escenario. Pero la raíz de todo este mal, tuvo su origen en la caída.

El pecado afectó a sus hijos. Dice la Biblia en Génesis 4:1, 2: “Conoció Adán a su mujer Eva, la cual concibió y dio a luz a Caín, y dijo: Por voluntad de Jehová he adquirido varón. Después dio a luz a su hermano Abel. Y Abel fue pastor de ovejas, y Caín fue labrador de la tierra.”  Esta dicha fue opacada por el crimen, pues andando el tiempo, “dijo Caín a su hermano Abel: Salgamos al campo. Y aconteció que estando ellos en el campo, Caín se levantó contra su hermano Abel, y lo mató” (v. 8).  ¿Puede usted imaginar cuánto dolor están experimentando Adán y Eva al saber que su hijo ha muerto a manos de su propio hermano? La drogadicción y perversión en la que se enredan muchos jóvenes es un testimonio de la caída.  ¿Cuántas jovencitas hay que son madres solteras? ¿Cuántos jóvenes criminales existen?  En diversos estados del país se ha informado que la cifra de jóvenes criminales va en aumento, y el número de jóvenes que abandonan sus estudios fluctúa entre los 650 mil. La caída ha resultado en una verdadera desgracia para nuestros hijos.

El pecado afectó a sus descendientes. El mal que inició con dos personas, pronto se extendió más allá de sus fronteras.  En Génesis 6:5, leemos: “Y vio Jehová que la maldad de los hombres era mucha en la tierra, y que todo designio de los pensamientos del corazón de ellos era de continuo solamente el mal”.  ¿Cuánta era la “maldad de los hombres”? MUCHA. Esto es lo que produce el pecado, “mucha maldad”.  Si usted me convence de que en nuestro tiempo no hay maldad, o que hay “poca maldad”, podrá convencerme de que la caída es un mito. Pero usted sabe muy bien que la descripción bíblica es históricamente acertada. Dice que “todo designio de los pensamientos del corazón de ellos era de continuo solamente el mal”.  Usted podrá encontrar en los hombres cosas buenas y positivas, sonrisas, y hasta buenas obras, pero la triste realidad es que “el mal” siempre aparecerá en las “intenciones de sus corazones”.  Pablo nos habla de esta triste condición del hombre en pecado, en el capítulo 7 de Romanos, diciendo, “Y yo sé que en mí, esto es, en mi carne, no mora el bien; porque el querer el bien está en mí, pero no el hacerlo” (Romanos 7:18). El mal progresó tanto que todos podemos dar fe de ese hecho (cfr. Romanos 1:18-32).

LA GRACIA DE DIOS EN LA CAÍDA.

Dios vino al hombre. Dice la Escritura en Génesis 3:8, “Y oyeron la voz de Jehová Dios que se paseaba en el huerto, al aire del día; y el hombre y su mujer se escondieron de la presencia de Jehová Dios entre los árboles del huerto”.  El hombre había quebrantado el mandamiento de Dios, pecando contra Dios. Esto resultó en un gran abismo entre Dios y el hombre (cfr. Isaías 59:2). Al parecer era la costumbre de Dios unirse a Adán en el fresco del día para la comunión.  Ahora, el hombre había pecado y Dios tenía todo el derecho de mantenerse alejado, pero a pesar de eso, ¡vino de todos modos! ¡Eso es gracia!

Y, ¿sabe qué? ¡Él todavía está haciendo eso hoy! Cuando el corazón del pecador se agita, y toma conciencia de su pecado, entonces puede lograr ver el gran amor de Dios.  Si el pecador escucha el evangelio, entonces es Dios buscando su compañerismo. Es Dios llamándole con amor. Recuerde que “el Hijo del Hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido” (Lucas 19:10). ¡Solo la gracia permite que el Santo Dios venga a nosotros! Gracias a Dios por su bondad.

Dios llamó al hombre. En Génesis 3:9-10, leemos, “Mas Jehová Dios llamó al hombre, y le dijo: ¿Dónde estás tú? Y él respondió: Oí tu voz en el huerto, y tuve miedo, porque estaba desnudo; y me escondí.”. No solo vino a ver su miseria. Llamó a Adán en un esfuerzo para alcanzarlo. Amados hermanos, así fue con ustedes, según Pablo. Dios “os llamó mediante nuestro evangelio, para alcanzar la gloria de nuestro Señor Jesucristo” (2 Tesalonicenses 2:14). El Señor Jesucristo, en sus días, hizo este llamamiento, “Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar” (Mateo 11:28). ¿Puede usted percibir la gracia de Dios en su llamado?

Dios confrontó al hombre. En Génesis 3:11, “Dios le dijo: ¿Quién te enseñó que estabas desnudo? ¿Has comido del árbol de que yo te mandé no comieses?”  Dios desafió al hombre sobre la base de su pecado. Dios no estaba buscando información. El sabía lo que Adán y Eva habían hecho. Más bien, estaba buscando una confesión. Lamentablemente el hombre respondió con una acusación (v. 12). Aún así, Adán y Eva seguían siendo culpables. Esto es lo que Dios hace por los pecadores. Él nos revela el pecado y nos llama al arrepentimiento (Lucas 24:47; Hechos 2:38; Hechos 3:19; Hechos 17:30-31). Y aunque usted no lo crea, también es por la pura gracia que Dios muestra al hombre su pecado. De no hacerlo, el hombre continuaría en ese mismo camino, pues “Hay camino que parece derecho al hombre, pero su fin es camino de muerte” (Proverbios 16:25). Puede ser muy doloroso verse a uno mismo al ser confrontado con la justicia de Dios, pero hasta que no lo haga, nunca podrá ver la necesidad de ser perdonado. Por eso, la gracia de Dios nos desafía en nuestro estilo de vida y nos muestra un nuevo camino: “Porque la gracia de Dios se ha manifestado para salvación a todos los hombres, enseñándonos que, renunciando a la impiedad y a los deseos mundanos, vivamos en este siglo sobria, justa y piadosamente” (Tito 2:11-12)

Dios castigó al hombre. En Génesis 3:12-20, leemos sobre cada uno de los castigos aplicados al hombre y la mujer. Y esto, también es por la gracia de Dios. Recuerde que Dios tenía todo el derecho de matar, o incluso, llevar al punto de la extinción al hombre por causa de su pecado. No obstante, la mano disciplinaria de Dios es un recordatorio de que el pecado siempre provocará mucho dolor. Él no permite que vivamos como deseamos. Él no es indiferente ante el destino eterno que nos espera con esa vida. Él nos castiga para llamar nuestra atención lejos del placer que temporalmente provee el pecado. Es verdad que a nadie le gusta el castigo, pero debemos entender que el mismo también es por el amor la gracia de Dios (cfr. Apocalipsis 3:19; Proverbios 3:11-12).

Dios cubrió al hombre. En el verso 21 de Génesis 3, dice, “Y Jehová Dios hizo al hombre y a su mujer túnicas de pieles, y los vistió”.  En esta sencilla descripción, hay una realidad sumamente profunda para nosotros. Sin la muerte y la sangre de un inocente, era imposible que su pecado fuese perdonado, fuese cubierto. Son dos cosas necesarias para que el hombre pueda acerca a Dios nuevamente: La muerte y la sangre de un inocente. Sin la muerte no hay sangre, y sin la sangre no hay expiación (Levítico 17:11). Sin sangre no hay remisión de pecados (Hebreos 9:22).

Hoy en día la muerte y la sangre de Cristo, las dos cosas, fueron necesarias para nuestra salvación (Romanos 5:9-10). La justificación viene por su sangre (v. 9) y la reconciliación por su muerte (v. 10). No es solo la muerte, ni solo la sangre. Son las dos. Hay que tener las dos. Para cubrir la vergüenza de Adán y Eva, fue necesario derramar sangre, fue necesaria la muerte de un inocente.

Lamentable es que algunas Biblias hablan del perdón de pecados, ¡pero sin sangre! Colosenses 2:14, dice, “en quien tenemos redención por su sangre, el perdón de pecados”.  No obstante, la Biblia Dios Habla Hoy, dice, “por quien tenemos la liberación y el perdón de los pecados”. ¿Lo ve? ¡Sin sangre! La Nueva Versión Internacional, dice, “en quien tenemos redención, el perdón de pecados”. Otra vez, ¡sin sangre! La Biblia de las Américas, también dice, “en quien tenemos redención: el perdón de los pecados”. ¡Tampoco hay sangre! No deje que nadie le quite la sangre de las buenas nuevas. Muchos dicen que “la sangre” es una simple metáfora que hace referencia a la muerte de Cristo. Yo no comparto ese evangelio. Sí, Cristo murió en la cruz (Romanos 5:10), pero también derramó su sangre en la cruz (Juan 19:34; Hechos 20:28). Como Sumo Sacerdote, ofreció su propia sangre en el Santuario Celestial (Hebreos 9:12; Hebreos 9:24). ¿Qué era lo que rociaba el Sumo Sacerdote en el Antiguo Testamento? ¡Sangre! (Levítico 16:11-14; Levítico 16:15). Pablo declaró, “Pero ahora en Cristo Jesús, vosotros, que en otro tiempo estabais lejos, habéis sido acercados por la sangre de Cristo”.  ¿Creerá usted esta obra de gracia?

Dios guardó al hombre. En Génesis 3:22-24, dice, “Y dijo Jehová Dios: He aquí el hombre es como uno de nosotros, sabiendo el bien y el mal; ahora, pues, que no alargue su mano, y tome también del árbol de la vida, y coma, y viva para siempre. Y lo sacó Jehová del huerto del Edén, para que labrase la tierra de que fue tomado. Echó, pues, fuera al hombre, y puso al oriente del huerto de Edén querubines, y una espada encendida que se revolvía por todos lados, para guardar el camino del árbol de la vida”.  Me llama la atención que Dios haya puesto “querubines”, con el fin de “guardar el camino del árbol de la vida”.  ¿Por qué? Bueno, piense usted en las implicaciones de tener el hombre el acceso al árbol de la vida. Al comer de dicho árbol, el hombre entonces sería inmortal; “y viva para siempre” dice el final del verso 22.  Esta vida no solamente extendería de manera indefinida la vida física del hombre, sino también su condición caída. ¡Qué horrible infierno hubiera sido para el hombre vivir eternamente en este mundo con una condición caída! Eternamente en conflicto con Dios. Por eso, la orden de Dios de sacar al hombre del huerto, y evitar que coma de dicho árbol, es también una obra de gracia.

Su gracia también se hace evidente, entonces, cuando Dios nos guarda de algo. Dios sabe lo que es mejor para nosotros. Por lo tanto, Dios determina que algunas cosas deben estar lejos de nuestro alcance. Así como nosotros limitamos a nuestros hijos de una variedad de cosas que creemos no serán buenas para ellos, así Dios hace lo mismo con nosotros, y con los mismos motivos por los que lo hacemos nosotros con nuestros hijos. La gracia nos protege. Tal vez Adán pensó que era lo peor que le pudo Dios haber quitado, pero el tiempo daría la razón para la solución posible y necesaria para tan terrible problema. Y, sobre todo, si tomamos en cuenta la mejor opción que Dios estableció también en su gracia, el cielo (cfr. Juan 14:2). Entonces sin duda alguna que fue una buena y efectiva decisión (2 Corintios 12:9).

CONCLUSIÓN.

Gracias a Dios por su bondad y su plan de salvación, así como el destino que nos ha ofrecido a quienes nos beneficiamos de su bondad. Gracias por su misericordia, que nos ha dado la esperanza de estar en el paraíso, pero en el paraíso de Dios. Debemos alabarle por su gracia y descansar en ella con plena certidumbre de fe. ¡Su gracia verdaderamente es asombrosa!

miércoles, 23 de enero de 2019

EL CORDERO PROMETIDO (Génesis 3:1-21).


Aquí es donde bien podemos decir, que por primera vez se anuncia el evangelio en toda la Biblia.   Sí, aquí, en medio de la tragedia más grande del hombre, está también la revelación de la mayor esperanza del hombrePorque es en este relato de pecado, juicio y muerte que encontramos por primera vez el mensaje del salvador y la Persona del Cordero de Dios. 

Consideremos el contexto.  Dios ha hecho al hombre a su imagen.   Él creó al hombre en perfecta inocencia y lo colocó en un ambiente perfecto.   A Adán se le ha dado dominio sobre toda la creación del Señor y se le ha presentado un compañero perfecto, una mujer llamada Eva.   Viven una existencia idílica, libre de dolor, enfermedad, muerte y tristeza.   Se satisfacen todas las necesidades que tienen y disfrutan de una comunión ininterrumpida y sin trabas con Dios mismo (Génesis 2:8-9). La única restricción que tienen se refiere al fruto de un árbol que se encuentra en el Jardín del Edén. Este árbol se llama, “el árbol de la ciencia del bien y del mal” (Génesis 2:9). Se advierte a Adán que se mantenga alejado de este árbol, porque comer su fruto, resultará en traer a la muerte a este mundo (Génesis 2:15-17; Romanos 5:12).

Bueno, durante un período indefinido de tiempo las cosas van bien en el Jardín, hasta que un día, cuando Eva se encuentra con aquella serpiente antigua, entonces la historia sufre un cambio radical y terrible. Esta serpiente le dice que Dios les ha mentido, que no morirán. Le dice que, la razón por la cual se les ha prohibido comer del árbol, es porque, cuando lo hagan, serán como Dios. Eva observa al fruto, y considera todas y cada una de sus características y beneficios; y entonces sucumbe a la tentación. Adán también cree a la misma mentira, y come así como ella.

Y así, ¡en un instante todo cambia! Ya no son inocentes y puros, sino que se han convertido en pecadores. Se han convertido en seres caídos. Inmediatamente se dan cuenta que todo ha cambiado. Se avergüenzan por su condición desnuda y tratan de cubrirse con hojas de higuera (v. 7). En medio de esta tragedia, Dios entra en el Jardín para tener comunión con ellos. Él los llama porque se han escondido (v. 8). Dios sabe lo que han hecho y extrae una confesión de Adán (v. 10-12). Entonces comienza el juego de la culpa. Adán culpa a Eva y a Dios, mientras que Eva culpa a la serpiente (v. 12-13). Dios pronuncia juicio de inmediato sobre Adán, Eva y la serpiente; y Dios los echa del Jardín del Edén.

Sin embargo, justo en medio de esta tragedia hay un destello de esperanza. El versículo 15 brilla en esta oscuridad como un gran faro, que ilumina la asombrosa gracia de Dios. Este versículo ha sido llamado el “Protoevangelium”.  Esa es una palabra latina que significa “Primer Evangelio”. Aquí, en forma de semilla, está el Evangelio de la salvación a través de la gracia de Dios. Aquí, por primera vez, vemos un vistazo del Cordero de Dios, que más tarde se entregará a sí mismo. Aquí, tenemos las primeras pinceladas que anuncian el calvario, que dibujan la cruz para redimir al mundo perdido y muerto en el pecado. Aquí podemos ver el primer punto en el hijo escarlata de la redención que se abre camino a través de toda la Palabra de Dios. Este precioso versículo nos da la primera promesa en las Escrituras con respecto al cordero venidero.  Este pasaje revela verdades preciosas con respecto al cordero prometido. Le pido por favor me acompañe en todo este mensaje, donde estaremos meditando en el cordero prometido. 

EL CORDERO PROMETIDO ES ÚNICO.

Este cordero es único en su origen. Haciendo referencia a la mujer, en el versículo 15, se habla de “tu simiente”, indicando que este cordero será de la semilla de la mujer. Esta es una declaración interesante porque, según el diseño de Dios, la “semilla” es proporcionada por los miembros masculinos de cada especie. Pero aquí, se nos dice que la mujer producirá una descendencia sin la intervención de un hombre. Este versículo nos da el primer núcleo de una gran verdad que se revelará más completamente en el resto de la Biblia. Este verso es la primera profecía del nacimiento virginal del Señor Jesucristo. 

Yo no sé si Adán y Eva, así como el diablo mismo entendieron estas palabras, pero Dios fue bien específico en que enviaría a su cordero al mundo a través de una mujer sin la participación de un hombre.  Hoy sabemos que así fue exactamente como Jesús fue concebido. El profeta Isaías hizo eco de dicha promesa diciendo, “He aquí que la virgen concebirá, y dará a luz un hijo, y llamará su nombre Emanuel.” (Isaías 7:14). Fue exactamente eso lo que anunció el ángel Gabriel, tanto a la sorprendida virgen María (Lucas 1:26-35), como al mismo José, justo cuando pensaba dejar secretamente a su virgen esposa, por estar ella esperando un hijo que no era suyo (Mateo 1:18-25).

¿Porque es esto tan importante? La Biblia enseña claramente que el pecado y sus consecuencias mortales, fueron consecuencia de lo que hizo “un hombre” (Romanos 5:12). Por tanto, ningún hombre es candidato para ser el salvador de otros, pues “No hay justo, ni aun uno; 11No hay quien entienda, no hay quien busque a Dios. 12Todos se desviaron, a una se hicieron inútiles; no hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno. 13Sepulcro abierto es su garganta; con su lengua engañan. Veneno de áspides hay debajo de sus labios; 14su boca está llena de maldición y de amargura. 15Sus pies se apresuran para derramar sangre; 16quebranto y desventura hay en sus caminos; 17y no conocieron camino de paz. 18No hay temor de Dios delante de sus ojos” (Romanos 3:10-23). Un hombre no puede ser el salvador, necesitando él mismo ser salvado. ¿Quién entre los hombres es libre de culpa? Pablo dice que “todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios” (Romanos 3:23).  Todos los que somos descendientes de aquel primer hombre, hemos heredado su misma naturaleza mortal. Por lo que todos y cada uno nos pudriremos al morir (Juan 11:39). No obstante, se anuncia la venida de un hombre que no nace bajo los términos convencionales y naturales que existen entre un hombre y una mujer. Por eso, la concepción de este salvador prometido es muy diferente a todos los nacimientos del mundo.

El cordero prometido vendría a este mundo, “nacido de mujer” (Gálatas 4:4), pero siendo “concebido del Espíritu Santo” (Mateo 1:18). Él sería más que “carne” (Juan 3:6), sería “el Hijo de Dios” (Juan 11:27). Fue así que él es el único calificado y aprobado para ser ofrecido como propiciación por nuestros pecados (Éxodo 12:5; Levítico 22:20; 1 Pedro 1:19; 1 Juan 2:2; 1 Juan 4:10). Esto hizo que el nacimiento de Jesús sea particularmente único. No fue un bebé común, sino que fue Dios en la carne (Juan 1:1, 14; Filipenses 2:8-11).

Este cordero es único en su obra. Este cordero venía al mundo para luchar contra las fuerzas del mal. Se nos dice que venía a “herir” la cabeza de la serpiente. Esto se refiere a una lesión fatal. Este cordero venía a este mundo, no para mostrar a los hombres una mejor manera de vivir. No venía a mejorar su entorno. No venía a mejorar su posición social. Venía a derrotar al mal. Esa fue su única misión (Juan 18:37; Hebreos 7:14). Este cordero prometido venía a liberar a la humanidad del pecado en el que acababa de caer. Muchos hombres y mujeres lucharían contra el mal a lo largo de los años, pero solamente este cordero prometido le daría un golpe mortal. Él venía a hacer para los hombres lo que nunca podrían hacer por sí mismos.   Él venía para asegurar su libertad y salvación del pecado.

EL CORDERO PROMETIDO Y SU PROPÓSITO. 

Él vendría como guerrero. La palabra “enemistad” no implica concordia o paz. Por supuesto, nos recuerda el cuidado y alejamiento natural que los humanos tienen por las serpientes, pero aquí hay mucho más que eso. La enemistad o el odio referido aquí es mucho más profundo que el de un hombre que odia a una serpiente. Se refiere al odio que Satanás posee hacia el Señor y todo lo que el Señor representa. Se refiere al odio que residía dentro del corazón del diablo que lo hizo atacar a Adán y Eva en el Jardín y los tentó a pecar. Es un odio que no desea nada menos que el derrocamiento del Señor y su reino. Es un odio que exige la muerte de Dios y la instalación de Satanás como soberano. Esa es la batalla que se estaba librando en Edén. Tenía menos que ver con la humanidad que con el deseo de Satanás de hacer la guerra al Dios Todopoderoso.

Se nos dice que el que viene, viene a este mundo como un guerrero. Él venía como uno que se involucraría en la guerra con un enemigo determinado. Él tomaría la lucha que Adán había perdido en el Jardín del Edén.   ¡Él vendría a luchar contra Satanás!

Por supuesto, Jesús hizo precisamente eso. Desde el momento en que se dio esta profecía en Génesis 3:15 hasta el momento en que Jesucristo murió en la cruz y resucitó de entre los muertos, Satanás hizo todo lo que estuvo a su alcance para evitar que “la simiente de la mujer” naciera. Trabajó a través de Caín para matar a Abel (Génesis 4; 1 Juan 3:12).   Él buscó corromper la línea de sangre humana a través de matrimonios malvados (Génesis 6). Trató de matar a la gente de Israel en Egipto (Éxodo 1-2). Trató de provocar su destrucción llevándolos a una grave idolatría durante los años del reino de Israel, ¡pero no pudo!

Luego, cuando Jesús nació, Satanás trató de destruirlo cuando era un bebé (Mateo 2; Apocalipsis 12). Lo tentó para que sucumbiera ante al pecado (Mateo 4). Intentó que Jesús reclamara la corona sin ir a la cruz (Juan 6). Trató de matar al Salvador en el Jardín de Getsemaní para evitar su llegada a la cruz (Lucas 22), porque, llegando a la cruz, ¡la derrota sería una realidad para él! (Hebreos 2:14). Jesús, el bendito Cordero de Dios, vino a este mundo como un poderoso guerrero para ganar la lucha contra las fuerzas del mal y de la serpiente.

Él vendría como un ganador. Dios dijo a la serpiente, “tú le herirás en el calcañar”, haciendo referencia a la herida que hará el maligno a la simiente de la mujer. Pero, también se dice que la simiente de la mujer ¡le herirá en la cabeza! Este contraste entre “cabeza” y “calcañar”, hace hincapié en que la herida que la serpiente hace a la simiente de la mujer no es fatal.  Es interesante que la palabra “herir” bien puede ser entendida como “golpear”. ¿Qué efecto puede tener un golpe en el calcañar, en comparación con un golpe en la cabeza? La serpiente podría golpear el talón del Cordero, pero el Cordero aplastará la cabeza de la serpiente.       

Por supuesto, esto se cumplió en la cruz.   El Cordero de Dios soportó la muerte por los elegidos de Dios, ¡pero la muerte no pudo retenerlo! Al tercer día, exactamente como se había anunciado, se levantó de entre los muertos como el vencedor en la batalla más grande jamás librada.   Pero, con su muerte y resurrección, Él infligió un golpe mortal a la serpiente que, finalmente, terminará con él condenado a una eternidad en el eterno lago de fuego (Apocalipsis 20:10). 

La batalla inició desde el principio, y se extendió por toda la historia bíblica hasta el calvario. Fue allí cuando el cordero de Dios quedó en pie como el único vencedor. Ahora, todos los que le conocen disfrutarán de su victoria, gozando de las más ricas bendiciones espirituales. Cuando se levantó de entre los muertos, “primicias de los que durmieron es hecho” (1 Corintios 15:20); y como tal, él promete vida eterna a todos los que le obedecen (Hebreos 5:9), y victoria aún sobre la muerte misma (Juan 5:24; Juan 11:25-26). Como cristianos, no solo estamos en el lado ganador, ¡estamos con el que ya ha ganado!

EL CORDERO PROMETIDO – UN RETRATO DE SU PERSONA.           

Dice Génesis 3:25, “Y Jehová Dios hizo al hombre y a su mujer túnicas de pieles, y los vistió”. Mis hermanos, después de que Dios pronuncia juicio sobre los culpables, Él hace algo muy notable. Hace algo que nos debe llamar mucho la atención. Dios mismo lleva a cabo un sacrificio y usa su piel para hacer prendas para Adán y Eva.  En esta escena tan gráfica de la muerte, hay un maravilloso retrato del sacrificio del Cordero de Dios.

Es un retrato de sacrificio. ¿Alguna vez se ha imaginado el horror que debe haber llenado los corazones de Adán y Eva cuando fueron testigos, por primera vez, de la muerte de un ser vivo? Nunca antes habían visto sangre. Pero ahora, miran cómo Dios, con sus propias manos, sacrifica un animal para cubrir su vergüenza, para cubrir su desnudez. Fue en ese momento que vieron de primera mano el costo de su pecado.  Para que la vergüenza del hombre pueda ser cubierta, es necesario un sacrificio.  

Lo que vemos en este versículo es un retrato claro de lo que el Cordero de Dios haría a favor nuestro. Recuerda que Jesucristo es el Hijo de Dios.  Recuerda que Él nunca había pecado (1 Pedro 2:22), y por tanto, no merecía morir.  Recuerda que vino a este mundo para ser herido en el talón, pero también para aplastar la cabeza de la serpiente.

Ahora, no intente mirar hacia otro lado del Calvario. Vea el Cordero de Dios clavado en una cruz. Mire a sus atormentadores mientras escupen en su rostro. Mírelos mientras le arrancan la barba de sus mejillas. Escuche mientras se burlan de él.  Lo maldicen y lo ridiculizan.  Fíjese como es que, a pesar de que vino a este mundo para salvarlos, ellos mismos lo entregan para que lo crucifiquen.  ¿Puede escuchar el sonido del látigo mientras los golpes crueles y sin misericordia golpean una y otra vez sobre su espalda? ¿Puede percibir la agonía cuando él está clavado en esa cruz de madera, siendo levantado para ser puesto entre el cielo y la tierra para morir? Mírelo mientras la sangre brota de las heridas en su cabeza, su espalda, sus manos y sus pies. Mírelo mientras la sangre corre por la cruz, acumulándose entre las imperfecciones del suelo.  

Entienda que todo por lo que Él pasó; cada franja en su espalda; cada agonía que sufrió; cada desgracia que soportó; todo lo que sufrió durante su vida, su prueba y su muerte fue por sus pecados. El profeta dice que “fue desfigurado de los hombres su parecer” (Isaías 52:14), y lo hizo por usted. Él sangró por usted, y Él murió por usted (Isaías 53:4-6).

Tenga en cuenta que el Calvario es la tribuna desde donde Dios publica su evangelio. Es el lugar desde donde Dios grita su amor por el hombre caído (Romanos 5:8). Vea esa escena una y otra vez y considere cuál es el costo de su pecado. Vea la cruz y tome en cuenta el amor ilimitado que Dios ha mostrado por nosotros como pecadores. Vea al salvador sufriente, ¡y viva por ello!

Es un retrato de suficiencia. Después de que Adán y Eva pecaron y estuvieron consciente de su desnudez, intentaron cubrirse haciendo delantales de hojas de higuera. Pero, sus esfuerzos fueron insuficientes, tanto que aún se sentían desnudos. Por eso Dios sacrificó un animal inocente para proporcionar una cubierta para sus cuerpos. Dios quiso mostrarles, y a nosotros también, que las obras de la carne nunca pueden expiar o cubrir nuestros propios pecados. No hay nada que el hombre pecados pueda hacer para lograr la expiación de su propio pecado. Y así como ese día se hizo necesario el sacrificio de un inocente para cubrir su vergüenza, así se hizo necesario que el Cordero de Dios hoy en día fuese sacrificado para expiar nuestro pecado. Recuerde que “sin derramamiento de sangre no se hace remisión” (Hebreos 9:22), pero dado que el sacrificio del hombre no es eficaz contra el pecado, entonces la sangre del Cordero inocente es la única que puede lograr nuestra redención (cfr. Hebreos 9:22, 14).

Esta es una imagen clara de la incapacidad del hombre para hacerse presentable a Dios a través de sus propios esfuerzos. Como bien dijo el profeta, “todos nosotros somos como suciedad, y todas nuestras justicias como trapo de inmundicia; y caímos todos nosotros como la hoja, y nuestras maldades nos llevaron como viento”. (Isaías 64:6). No obstante, a través de la historia el hombre siempre ha tratado de “cocer vestiduras” para justificarse a sí mismo. No obstante, los esfuerzos del hombre nunca podrán lograr cubrir sus pecados, porque la vista del Dios todopoderoso es tan penetrante como su propia palabra, la cual, “penetra hasta partir el alma y el espíritu, las coyunturas y los tuétanos, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón” (Hebreos 4:12). Con las “hojas” podrá cubrir solamente aquello que ven los ojos humanos, pero no podrá cubrir aquello que está a la vista de Dios: “porque Jehová no mira lo que mira el hombre; pues el hombre mira lo que está delante de sus ojos, pero Jehová mira el corazón” (1 Samuel 16:7).  Con las “hojas”, es evidente que “Todos los caminos del hombre son limpios en su propia opinión; pero Jehová pesa los espíritus” (Proverbios 16:2; Jeremías 17:10). Por tanto, el hombre necesita una cubierta que pueda cubrir todo aquello que ha sido manchado por el pecado. Cuando Jesús, el Cordero de Dios, vino a este mundo y murió en la cruz, proporcionó una cobertura suficiente para el pecado del hombre.  Cuando una persona obedece el evangelio y nace de nuevo, recibe vestiduras blancas para cubrir su vergüenza (Apocalipsis 3:19); y así, “ser hallado en él, no teniendo mi propia justicia… sino la que es por la fe de Cristo, la justicia que es de Dios por la fe” (Filipenses 3:9). Así que, usted puede cocer todas las hojas que quiera, sea una falsa religión, sean buenas obras, sea su vida moral, pero nada de eso puede cubrir su vergüenza, su pecado. Solamente el Cordero de Dios es suficiente. Él es “el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo” (Juan 1:29).

CONCLUSIÓN.

Fue un día lamentable cuando Adán y Eva pecaron en el Jardín del Edén. Nuestro mundo sería muy diferente de nunca haber acontecido dicha tragedia. Sin embargo, debemos estar agradecidos con Dios por ser misericordioso ante nuestra necesidad de salvación. Él envió a su Hijo al mundo para ser ofrecido como propiciación por nuestros pecados. ¿Está usted viviendo conforme a ese sacrificio? ¿Se ha beneficiado usted de él, o sigue confiando en las “hojas”?